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Comunicadores Charrúas

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  • Ricardo Silva
  • Profeso la Horizontalidad como nuestros ancestros Charrúas. Activista social desde el corazón.
Tengamos presente que todo ser con aletas, raíces, alas, patas o pies, es un Hermano
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Este artículo contiene dos videos

de la Campaña y la Totalidad del

contenido del Convenio 169 de la OIT

sobre pueblos indígenas y tribales.

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26 agosto 2011 5 26 /08 /agosto /2011 04:23

http://www.kaosenlared.net/img2/195/195488_DORADO.jpgEl oro no es más que un elemento químico, un metal precioso blando de tonalidad amarillenta brillante que puede ser encontrado en estado puro, o mezclado con otras sustancias -especialmente el cuarzo y la pirita- en forma de pepitas en los lechos de los ríos o en las entrañas de la tierra. Ha sido utilizado desde tiempos inmemoriales para realizar elementos ornamentales o conmemorativos y para acuñar monedas, entre otras cosas, debido a que es, posiblemente, el metal más maleable que se conoce, a lo que se suma su belleza visual, su textura y su escasez, en comparación con la abundancia de otros metales que pueden encontrarse a lo largo de todo el mundo.



En la actualidad, el oro es una de las mayores obsesiones del hombre, y así lo ha sido desde siempre, en cada lugar y en cada era histórica en que este metal fue conocido. Obviamente, dependiendo de la cultura o civilización que haya hecho uso de este precioso metal, su apreciación tuvo una u otra forma. Es y ha sido objeto de culto, adoración, bien económico, elemento ornamental, símbolo de poder, en fin, múltiples han sido las aplicaciones que ha merecido, pero de una u otra forma, jamás pasó desapercibido. A lo largo de los diversos momentos de la historia del hombre, algo como una extraña mística mantuvo una férrea e íntima relación entre el oro y el ser humano, que fue desarrollando en su interior un sentimiento de codicia que creció hasta límites inverosímiles, al punto de haberse acuñado célebres frases como "El tiempo es oro", erigiendo así al amarillo metal en el puesto más alto de la escala de los valores materiales humanos.
Cristóbal Colón habría dicho alguna vez: "El oro es el más exquisito de todos los elementos.... En verdad, con oro puede usted lograr que su alma ingrese en el paraíso". Quizás así Colón, un hombre ávido por las riquezas terrenales hasta el paroxismo, dejó sentadas las bases para lo que poco tiempo después tendría su inicio en el "nuevo mundo": La conquista del oro de América.
Con esta obsesión, implantada como un tumor en la mentalidad europea del siglo XVI, aunque en general un poco más desprovista del elemento místico que la mente del genovés, todo el Caribe y la América continental se vio invadida por inconmovibles conquistadores que buscaban ante todo y a cualquier precio, colmar su voracidad desbocada por el oro.

El amarillo metal era todo lo que movía a estos hombres, todo lo hicieron en función del oro: arriesgaron la vida, sufrieron las peores penurias imaginables y destruyeron civilizaciones enteras. En poco más de cuarenta años luego del desembarco de Colón en Guanahaní el 12 de octubre de 1492, los dos más importantes imperios de América en la época, los Aztecasde México y los Incas del Perú, poblados por millones de habitantes, fueron completamente arrasados, y casi todo el oro saqueado en sus palacios y templos fue enviado para España. Pero cuando ya no aparecieron en las Indias, nuevas áureas civilizaciones para someter bajo las botas del soldado español, la desesperada obsesión de los conquistadores los llevó a crear imperios imaginarios de leyenda repletos de oro que esperaban pasiblemente para ser conquistados y saqueados. De todas estas leyendas, que pueden contarse por decenas, la que más llamó la atención y despertó en forma más notable la codicia de los españoles fue la leyenda de El Dorado.

Los mitos de los reinos de oro

De acuerdo a esta leyenda, El Dorado era más o menos algo así: una deslumbrante ciudad o reino de oro localizada en medio de la jungla, posiblemente en la zona central de la Nueva Granada, actual territorio de Colombia, aunque dependiendo del origen y época de la versión, podía ser localizada también en alguna zona del interior de Venezuela, la selva amazónica e incluso en algún lugar de los Andes, y hasta podía tener importantes variaciones en su denominación, aunque generalmente no diferían mucho en su concepto. La febril imaginación de los exasperados conquistadores, los llevó a ver en sus delirios una brillante urbe con calles y edificios de oro, donde el preciado metal era algo tan abundante y común que prácticamente todo se construía y confeccionaba con él, incluso los más elementales artefactos de uso doméstico.
¿Pero todas estas leyendas eran sólo producto de la imaginación, llevada al delirio por la obsesiva búsqueda desesperada de riquezas auríferas? ¿Eran solamente historias inventadas por indígenas o fabuladores o respondían a una historia con una base de verdad? En realidad, muchas de las leyendas, como esta de El Dorado, tienen un origen en un hecho o base real, normalmente perdido en las nebulosas del tiempo y el misterio, aunque la difusión a través de enormes territorios, por largos períodos de tiempo y con muchos interlocutores de febril imaginación llegaron a transformar notablemente el contenido original.


¿Cuál fue el origen de la leyenda de El Dorado? De acuerdo a los registros con que se puede contar en la actualidad, es decir, las diferentes crónicas de indias que han llegado hasta nuestros días, no hay forma alguna de determinar con cierto grado de seguridad en qué momento, lugar o circunstancia nació este mito, ni tampoco de cuándo data el término El Dorado, aunque sí existen algunas teorías. Es posible que a partir del mismo momento de la llegada de los primeros conquistadores al nuevo mundo haya comenzado a tomar cuerpo la leyenda, debido a que ya los primeros naturales que tomaron contacto con Cristóbal Colón hablaban de ciertos sitios lejanos donde el oro abundaba en cantidades inimaginables, lo que disparaba la imaginación de los europeos, y esto se fue dando constantemente en cada lugar donde ellos interrogaban a los indígenas sobre el origen del metal que adornaba sus cuellos, orejas y narices. La realidad es que a menudo esta situación, era aparentemente el resultado de la desesperación de los indígenas que, al ver amenazado su mundo y hasta sus propias vidas, astutamente, luego de percatarse del supremo interés de los europeos por aquel dorado metal que para ellos sólo representaba un elemento decorativo, inventaban historias sobre sitios muy lejanos llenos de oro, con el objeto de lograr que los invasores se marcharan del lugar en su busca para no volver a saber más de ellos.

Lamentablemente, el resultado para los naturales siempre terminó siendo el inverso al deseado, ya que con sus cuentos sólo lograban incentivar más y más le codicia de sus opresores, y la historia conoció así la devastación completa de un continente entero en busca de aquellos lugares fabulosos pletóricos de preciosos metales.

Primeras expediciones De esta forma, en base a las historias fantásticas inventadas por los indígenas, Colón llegó a tener en su mente la posibilidad de encontrar algún sitio de estas características, y ya en el año 1514, Vasco Núñez de Balboa, descubridor de la Mar del Sur, actual océano Pacífico, partió hacia la jungla desde Panamá en busca de una ciudad de oro en dirección al territorio de la actual Colombia, sin haber logrado alcanzar su objetivo.


Pocos años después, tiempo durante el cual seguramente se habrán sucedido algunos otros intentos por descubrir un país de oro y habrán nacido otros tantos rumores, en 1529, Ambrosio Alfinger, comerciante y explorador alemán, arribó a las costas del norte de la América del Sur, para asumir como gobernador y capitán general de la recién creada Provincia de Venezuela, con el propósito de buscar en la jungla una supuesta ciudad o reino de oro. En sólo un año, organizó una gran expedición que, con un grupo formado por 200 alemanes y españoles y unos 1000 esclavos, partió desde Coro hacia el interior del continente devastando con crueldad numerosas poblaciones indígenas a su paso. El ambicioso proyecto tuvo un resultado desastroso: cientos de personas fueron muriendo una tras otra por enfermedades, hambre y ataques de los indígenas, y luego de mucho tiempo de haber recorrido diversas zonas del interior de los actuales territorios de Venezuela y Colombia, el propio Alfinger murió en las cercanías de Cundinamarca a causa de una flecha envenenada que atravesó su cuello. Finalmente los logros de esta expedición sólo se redujeron a algunas piezas de oro, probablemente pertenecientes a la cultura Chibcha, y a haber alcanzado el río Magdalena, afluente del Orinoco, y las cercanías de Bogotá.

En 1530, otro alemán, Nicolás Federmann, supuestamente en acuerdo con Ambrosio Alfinger, pero posiblemente sin la autorización de este, realizó su propia expedición paralela en busca de indicios de un reino de oro siguiendo el cauce del Orinoco, pero sin éxito.

Años después fue nombrado gobernador, cargo que ejerció hasta 1534, momento en que, haciendo una muestra de su tozudez, inició una nueva expedición de exploración en busca de su ambicionado objetivo, que se llevó a cabo entre los años 1535 y 1539. En esta oportunidad llegó a atravesar los llanos de Colombia y Venezuela y satisfactorios.

Arribó a Bogotá en marzo de 1539 pero sin resultados

En 1531, el veterano de la conquista de México, Diego de Ordáz, solicitó y obtuvo de la corona española el derecho a explorar los territorios de una imaginaria ciudad de oro que supuestamente, de acuerdo a los rumores, se encontraba en el interior de los actuales territorios de Colombia y Venezuela. Así, se dirigió al norte de América del Sur, y exploró arduamente el Río Orinoco. Pero sin jamás haber llegado a descubrir nada.
Muchos de estos viajes, especialmente los de Nicolás Federmann los relata Fray Pedro Simón, cronista franciscano español del siglo XVII, en su obra Noticias Historiales, en donde trata la historia de la conquista de los territorios actuales de Colombia y Venezuela, cuya primera parte fue publicada en 1627, basándose principalmente en datos provenientes de otra obra, Elegías de varones ilustres, de Juan de Castellanos.
La leyenda de El  "ORO" Dorado y el auge de las expediciones

Pero la conocida historia de El Dorado, propiamente dicho, parece haber comenzado, de acuerdo al cronista Gonzalo Fernández de Oviedo, alrededor del año 1530, poco tiempo antes de la conquista del Perú, en la zona de los Andes de la actual Colombia, donde el conquistador Gonzalo Jiménez de Quesada tuvo su primer encuentro con los aborígenes del lugar. Se trataba de los Muiscas, una cultura indígena local que cultivaba maíz, papa yalgodón, y practicaban la orfebrería con oro y otros metales y piedras preciosas, así como el trueque de mantas, sal, cerámicas, coca, cobre y esmeraldas con los cacicazgos de las riberas del río Magdalena y otras zonas.

De esta forma, los españoles tuvieron conocimiento de una costumbre ritual que tenían los indios chibchas, que residían en las cercanías de la laguna Guatavita, en la meseta de Cundinamarca, a tan sólo unos setenta kilómetros de la actual ciudad de Bogotá. Guatavita es una laguna de forma casi perfectamente circular, a unos 3000 metros sobre el nivel del mar, cuyo aspecto recuerda un cráter provocado por un meteorito o un volcán extinguido. De acuerdo a la historia recogida por Jiménez de Quesada, se sabe que este pueblo realizaba un evento religioso, relacionado con la proclamación de un nuevo cacique o Zipa, donde el soberano o sacerdote llevaba a cabo una ceremonia en la cual su cuerpo era cubierto con polvo de oro para luego ofrendar numerosos objetos del mismo metal a los dioses, arrojándolos a la laguna. Al finalizar este ritual religioso el señor de los Chibchas se bañaba en las aguas desprendiendo de su cuerpo las partículas de polvo de oro, y luego se retiraban del lugar, abandonando así enormes cantidades de objetos de oro en el fondo de la laguna. Esta ceremonia se habría celebrado en innumerables oportunidades durante mucho tiempo, y hasta poco antes del arribo de los españoles a la zona.

Incluso cuando estos llegaron se creía que probablemente aún vivían indígenas que habían presenciado la última de estas ceremonias, oportunidad en que esta tradición habría caído en desuso por razones no determinadas, aunque probablemente se haya debido a enfrentamientos entre tribus de la zona, seguramente entre los chibchas y los muiscas.

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Published by Ricardo Silva (Caio) - en Pueblos Originarios
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